Invisibilidad y Transparencia

El problema de la pobreza es que se la quiere hacer invisible.

El problema de la pobreza es que se la quiere hacer transparente.

Parece lo mismo, pero no lo es. Para nada.

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Cuando hace 2 años comenzó la trayectoria del grupo de Invisibles de Tetuán, el primero de varios que posteriormente han ido apareciendo con el mismo nombre en la Comunidad de Madrid, fue en respuesta al ninguneo y la invisibilización de quien entonces estaba en la Junta Municipal: para justificar el intento de cierre del banco de alimentos autogestionado que llevaba unos meses en marcha, la concejala se refugiaba diciendo que “en Tetuán no hay casi gente pasando hambre, ni que no pueda pagar las facturas; en todo caso lo que hay es mucha picaresca”. Estaba claro que no había paseado mucho por las calles del distrito en las que quienes allí vivimos hemos ido encontrando a lo largo de los años cada vez a más gente rebuscando en la basura. Pero sobre todo, con esta sentencia mostraba que tampoco tenía interés en abrir los ojos a la realidad, y que de hecho esta le molestaba. Por eso su respuesta frente a las necesidades puestas en evidencia por el banco de alimentos fue, simple y llanamente, tratar de cerrarlo. Una manera eficaz de mantener su apuesta por la invisibilización de la pobreza: ojos que no ven, sociedad que no siente.

Frente a esta ceguera que se quería imponer, la respuesta fue clara: una campañaen la que poner rostros, cifras e historias a estas realidades cotidianas para tantas y tantos. Y un mensaje claro: las gentes invisibles quieren dejar de serlo, quieren ser reconocidas, cuidadas y, sobre todo, respetadas.

Invisibles, nunca más.

Frente a este impulso desde abajo por dejar de ser invisibles, desde las instituciones y el mundo profesional avanza otra dinámica de visibilización: la imposición de la transparencia, el intento constante de llegar a tener un conocimiento lo más amplio posible de la vida y las costumbres de estas gentes confinadas a los márgenes, o al menos de determinados aspectos de ella. Estas personas que viven en pobreza resultan así invisibles para la sociedad en general, pero los dispositivos que les atienden ansían siempre saber más y mejor de ellos, quitar de en medio todas las opacidades, mentiras y medias verdades que sospechan que pueden darse. Con la excusa de necesitar conocer la realidad lo mejor posible, el derecho a la intimidad salta por los aires: si quieres ayuda, tienes que estar dispuesta a dejar a que quien la gestiona pueda rebuscar la información “pertinente” en tu vida, siempre con la desconfianza a cuestas, “porque siempre te mienten, te dicen lo que quieres oir”. Esta frase due el consejo que un compañero me dio el día que empecé a trabajar en un Centro de Drogodependencias. Cuando la escuché, me pareció una falacia; al cabo de un tiempo descubrí que tenía mucho de verdad, pero que faltaba gran parte de la explicación: ante la dinámica “policial” y de cuestionamiento continuo de los profesionales, quienes acudían a nosotros se defendían protegiendo su intimidad y mostrando la realidad más adecuada para conseguir el apoyo que andaban buscando. Nada extravagante, por otro lado, pues anda que no decoramos la realidad unos y otras, por ejemplo, cuando nos relacionamos con nuestros jefes, para así conseguir su aprobación, reforzar nuestra buena imagen o evitar críticas.

Pero cuando vives en pobreza ese es otro derecho que no tienes. La invisibilidad social se complementa con la transparencia total demandada por los servicios especializados en atenderte, como si así se mantuviera el equilibrio: frente a la opacidad social absoluta, la mirada técnica vigilante que pretende atravesar todas las capas protectoras. Además, este conocimiento en profundidad que se pretende de determinados aspectos de la vida de “los pobres” no se construye a partir de la confianza, lo cual podría tener sentido y, sobre todo, ser menos hiriente. Porque el baile de profesionales, mayor además en los lugares de mayor vulnerabilidad, implica que cada pocos meses tienes que estar de nuevo abriendo tu vida y precariedades a nuevos profesionales que aterrizan en servicios en los cuales ni ellos mismo saben cuanto tiempo van a poder estar.

Pocas veces se ha señalado, pero esta búsqueda de la transparencia, termina siendo una de las causas de la persistencia de la pobreza y la exclusión. Su obsesión por evitar engaños y conocer todas las circunstancias determinantes termina poniendo en evidencia las fragilidades, bloqueos y contradicciones cotidianas de aquellos a quienes no les queda otra que buscar en el día a día como salir de los mil y un problemas que tienen. Las soluciones que encuentran nunca son las ideales, y hay muchos elementos de su vida que quieren ocultar (como nos pasa a todas, la transparencia total es insoportable). Pero esta mirada inquisidora no acepta detenerse en su búsqueda de “la verdad”, y termina iluminando no las capacidades y fortalezas de la gente, sino principalmente sus miserias y debilidades. Así, finalmente, fuerza la ruptura del vínculo que podría hacernos sentir parte del mismo caminar y facilita el que se pueda señalar a quien se queda en el camino como único/a culpable de lo que le pasa: bajo la lupa quedan expuestas todas las pruebas que muestran que no hace lo suficiente, que no sigue la indiciaciones, que no quiere, en definitiva, salir adelante.

¿Qué pasaría si aplicáramos la lupa en sentido contrario? En caso de que se hiciera, podríamos descubrir como los propios mecanismos administrativos y las condiciones establecidas para dar ayudas, determinadas siempre desde despachos a los que la realidad les queda demasiado lejos, incitan constantemente a quienes no tienen otra opción que solicitarlas a plantearse cómo poder construir un relato que presentar que pueda superar todas las barreras de acceso. Aún así, muchos y muchas se aferran a ir siempre “con la verdad por delante”. Desgraciadamente, cuando los problemas y dificultades se acumulan, esto no es garantía de conseguir lo que se necesita, e incluso puede suponer ponerse en riesgo.

Un ejemplo que se presentó hace unas semanas en un foro en Madrid: “Muchas veces te cuestionan tu verdad, pero también te obligan a mentir para conseguir ayudas. Por ejemplo, si tienes un trabajo temporal mal pagado y por eso tienes un complemento de la RMI, tienes que firmar que vas a buscar mejora de empleo. Pero si encuentras uno en el que te pagan 50 euros más, pierdes la RMI, y con ello el complemento para el comedor, y la ayuda de libros… ¿Cómo vas a buscar un trabajo así? Pero tienes que firmar o no te dan la ayuda”.

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Quienes viven en pobreza no quieren ser invisibles, sino sostener una mirada respetuosa del resto de la ciudadanía.

Quienes viven en pobreza no quieren ser transparente, sino poder decidir a quién abrir su intimidad, poder construir relaciones en la confianza.

Ni invisibles, ni transparentes. Que no es lo mismo ni es igual.

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